| Dos pesetas de morcilla... |
| por Rafael Sánchez |
| - Dô pesetâ de
morsiya. - ¿Dos pesetas de qué? ¿De morcilla? - Sí, de morsiya. ¿Tâ enterao, choto? Esta conversación lleva tres generaciones circulando por mi familia. Mi abuela había ido a comprar morcilla a un supermercado muy conocido del pueblo al que se había mudado con toda su familia para que su hijo menor, sí, sólo su hijo, pudiera estudiar bachillerato. La distancia entre ambos pueblos es muy escasa, apenas catorce kilómetros, pero en su pueblo natal se sesea y en el que acogió a mi familia desde entonces, no. Para muchos andaluces que tuvieron que salir de su tierra a otras más lejanas, entre los que me cuento, este tipo de situaciones se habrá repetido una y mil veces. Desde mi experiencia y la de muchos otros que la han compartido conmigo, puedo decir con orgullo que ese «español mal hablado» es mucho más que eso, y que los que intentan ridiculizarlo están ninguneando una serie de elementos demostrados científica y académicamente que refutarían fácilmente su obtusa creencia. Resulta que los primeros vestigios del español se encuentran en Andalucía y que en ella comenzó el desarrollo y la evolución que experimentó el castellano del siglo XI hasta convertirse en el español hablado y escrito hoy.
Fue un andaluz, Antonio de Nebrija quien sistematizó por primera vez la gramática del castellano, originado en la lengua aljamiada (una mezcla entre la lengua romance evolucionada del latín y el árabe culto). Las jarchas, la moaxaja, contienen las formas primitivas del español.
No podía ser de otra forma, pues en la baja Edad Media el califato de Córdoba se convirtió en la reserva cultural de Occidente. Sirvió de canal también para introducir el conocimiento y la filosofía árabes en Europa gracias a la biblioteca de Al-Hakem II y a su grupo de traductores. Haber llegado a la situación actual en que se nos dice que hablamos muy mal, cosa que muchos andaluces creen, ha sido el resultado de una larga manipulación de gobiernos castellanizantes, que han incidido en acentuar las diferencias entre ambas lenguas en detrimento de la nuestra (la vernácula) donde hay que hacerlo: en los sistemas educativos. Los poderes fácticos establecidos en la tierra andaluza han cambiado su escala de valores y han utilizado la ortodoxia de la lengua castellana para su comunicación como una forma de diferenciarse del pueblo llano, que utiliza otra lengua para expresarse. Los andaluces, desde siempre, se han considerado como una amenaza para los sistemas sociales impuestos desde tierras más norteñas. Por la influencia recibida de pueblos viajeros que se han asentado en Andalucía a lo largo de la Historia, somos mucho más abiertos al cambio, a la síntesis de culturas y costumbres. Este planteamiento, esta visión de la vida, se entiende como un peligro para quienes ostentan el poder desde hace siglos: el pueblo ignorante podría rebelarse contra los poderes establecidos. El análisis fue lógico y acertado: era (es) necesario eliminar el factor cultural aglutinante más peligroso, la lengua. Inculcar en los andaluces un sentimiento de inferioridad lingüística fue, además de privarlos de la propiedad de su tierra (los latifundios aún existen), una de las más ricas y prósperas de la Península, el factor decisivo para haber llegado a la situación actual. |
Apliquemos este
enfoque a la anécdota de mi abuela:
Lamentablemente, este hecho sigue vigente hoy en día, aunque de una forma más preocupante. Ahora no es necesario que nadie intente ridiculizar nuestro acento. Nosotros mismos nos encargamos de ello. ¿Cuántos intentamos pronunciar al estilo castellano cuando hablamos? Que se lo digan a la mayoría de los locutores de Canal Suss, como dice Antonio Burgos. ¿Cuántas veces nos equivocamos al hacerlo, desprestigiando así el contenido del mensaje que queremos transmitir? No estamos teniendo en cuenta la más elemental regla lingüística: la economía. Muchos nos acusarán de «perezosos lingüísticos», pero conviene llamar la atención sobre el hecho de que el habla de estilo andaluz, refrendada por los más de doscientos millones de hablantes de español de Hispanoamérica, es una de las formas de hablar más evolucionadas fonéticamente, junto con el francés. Esta, una lengua internacionalmente reconocida como muy apropiada para la poesía, el ritmo interno, la eufonía y la investigación, tiende de una forma muy marcada, a la economía en la fonética y no proporciona ninguna forma clara de distinguir si las palabras, pronunciadas aisladamente y fuera de contexto, tienen género masculino o femenino, o número singular o plural. ¿No les parece este un hecho similar al del andaluz? El que no pronunciemos las eses finales, las des intervocálicas, que en algunas zonas se aspire la jota, entre otros muchos rasgos más, no son más que signos de agilidad lingüística, de flexibilidad fonética. Si añadimos a este hecho la postura de Juan Valera, andaluz también, que sostenía que «hablamos mejor pero pronunciamos peor» y sintetizamos ambas posturas, resulta sencillo inferir que, practicando una fonética más avanzada y unas estructuras sintácticas más próximas al latín, base de todas las lenguas romances, el habla andaluza es más que digna para ser considerada como una lengua independiente, a falta de una ortografía más apropiada a sus rasgos fonéticos, una gramática sistematizada y una tradición literaria. No es una tarea ingente ni absurda, de hecho ya se han producido los primeros intentos de llevarla a cabo, pero debe tenerse en cuenta que nuestra mayor riqueza, la variedad, es también nuestro mayor enemigo: ¿cómo conciliar los elementos comunes de la lengua andaluza si la diversidad de pronunciaciones, estructuras y expresiones es enorme? No es tan difícil. Asentar una regla, tomando como base el uso común de la mayoría de los hablantes y permitir variaciones de esa regla, no tachándolas de incorrección, sino aceptándolas como variedad, puede ser la solución, además de incluir, necesariamente, ese «nuevo idioma» en el sistema educativo de una forma seria y académica, sin caer en los errores anteriores. Recuerdo vagamente las clases de «Cultura andaluza» que recibía en el colegio: estaban más llenas de tópicos que los sainetes de los Quintero (quienes, al menos, lucharon por llevar el habla andaluza a la literatura). Conviene recordar a todos aquellos que han visto a sus interlocutores esbozar una sonrisa cuando se percatan de que va a hablar un andaluz en su propia lengua que toda forma de expresión es admisible y digna de todo respeto, ya que el propósito último del lenguaje es el de la comunicación, y mientras se consiga transmitir el mensaje, cada cual podrá expresarse como desee si su discurso sirve a dicha intención de comunicación. Y el andaluz es plenamente comprensible para un hispanohablante. Tienen ustedes todo el derecho a hablar en andaluz. Incluso, si las risitas persisten, pueden llamarles chotos, y con razón. |