Ahora, en la soledad de su despacho de la sede electoral, el candidato está dando el enésimo repaso a los resultados del escrutinio, preguntándose una y otra vez, como el entrenador cuyo equipo acaba de ser eliminado de la Copa, como el marido que al llegar una noche a casa encuentra los armarios vacíos y las sábanas frías, en qué se equivocó. La madrugada del domingo supo mantener el tipo cuando los periodistas le
acosaban con los resultados de las últimas mesas... incluso hizo gala del mejor talante
democrático al felicitar al cabeza de la lista ganadora, nobleza obliga, deseándole
suerte en su gestión municipal. |
![]() infiel que lo dejó por otro, a él, que ha dado por su ciudad lo mejor de su vida, que ha sacrificado todo su tiempo y todo su ser para tenerla como a una reina. ¿No le había prometido, acaso, que la iba a vestir con los mejores jardines? ¿No le había ofrecido instalaciones deportivas para sus barrios, guarderías para sus niños, hogares para sus mayores, oficinas de atención para sus mujeres? ¿No le había jurado amor eterno, más servicios de recogida de basuras, nuevos cauces de participación ciudadana y una revisión inmediata del PGOU? ¿Acaso no había dicho en sus mítines que iba a acabar con la especulación y que iba a fomentar el acceso de los jóvenes a su primer empleo? Y ahora van y votan por él... Sin programa, sin soluciones, sin alternativas, sin experiencia... ¡Se acabó! ¡Nunca, nunca más... ! ¡Oh, Dios! ¡Qué ingrata es la vida para el que ha hecho de ella un puesto permanente de servicio a sus conciudadanos! Os confieso que, al volver a mirar aquellos carteles, he sentido pena por el pobre candidato y me ha parecido ver una lágrima asomando a sus ojos de papel descolorido. "Vótame a mí", "Mirando padelante", "Soy yo", "Porque somos los mejores", "Grandes rebajas en Artículos de Playa"... Junto a un contenedor se entremezclan dípticos,
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pasquines y programas de las más variadas tendencias ajenos al drama que han originado. Un grupo de chicos baja hacia la playa botando un balón de voley. Dos señoras en chándal, sudorosas, pasadas de línea, caminan a paso ligero; una pareja se mete mano en el banco, bajo las acacias, mientras que un abuelete los mira con los ojos entornados asomando la nariz por encima del periódico que no está leyendo... La vida continúa como si nada hubiese sucedido, como si nada pudiera detenerla, como si nada le importase a nadie...
Mientras tanto, en la soledad de su despacho de la sede electoral, el candidato que ya no será alcalde ha dejado los números a un lado y está colgado del teléfono: "Claro que sí, en el fondo hay muchos puntos en común entre nuestros respectivos programas... Los dos queremos lo mejor para nuestra tierra... Y tú y yo sabemos perfectamente que juntos podemos hacer grandes cosas... No sería difícil llegar a un acuerdo en temas puntuales... Cuatro años dan mucho de sí... Políticamente correcto, claro está... Si quieres, quedamos a cenar y lo discutimos..." Una ráfaga de aire caliente rompe por unos segundos la monotonía del surtidor de la fuente al tiempo que agita los carteles... Me ha parecido ver un guiño de complicidad en el rostro amarillento del candidato que sigue mostrando su sonrisa bobalicona desde lo alto de las farolas. |
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