Andalucía Abierta a portada

El día de las Moragas

por Juan José Ruíz Plaza


 

 

 


La Navidad en Roquetas no es muy distinta a la de cualquier pueblo andaluz. No tiene por qué serlo. Al fin y al cabo, este rincón soleado de la bahía, regazo amoroso de Andalucía, ha estado recibiendo a lo largo de su corta pero intensa historia las sucesivas oleadas migratorias procedentes de todos los puntos de nuestra geografía. Unos, los más antiguos, allá por el 1757 cuando los "repartimientos"; otros cuando las jábegas, o cuando el muelle, o cuando los almejeros, o cuando las salinas de San Rafael... La mayoría, con la gran riada de la arena y el invernadero, cuando los colonos del 57 y el IRYDA...

la pesca para la celebración

Cada casa, cada familia, cada apellido conserva como en un relicario algún rasgo de otros lares que trajeron en la maleta cuando dejaron la tierra de sus mayores y bajaron al sur del sur. Son esos tesoros que se guardan y se disfrutan en familia y que, como el "mantel bordao" o la "corcha del ajuar", sólo se extiende para que adorne el balcón y la disfruten los vecinos en las grandes solemnidades. Y la Navidad es la más grande de todas.

Así, Roquetas ha ido con el paso de los años convirtiéndose en crisol donde se han ido fundiendo y mezclando costumbres y tradiciones de la sierra y el llano, de la costa y la alpujarra. Aquí conviven el trovo y el nochebueno, la toná y el villancico del alba... Campanilleros no tenemos, y es una pena, pero en los barrios ya se empiezan a oír a los niños pidiendo el "aguinaldo" ( o el "aguilando", que también así se dice ) y, posiblemente, dentro de unos años escuchemos también nuevos villancicos llegados de Guinea, Senegal o Malawi.

Pero la Navidad tiene también un contrapunto muy especial en esta tierra.

Cada año, al día siguiente de los Santos Inocentes, Roquetas de Mar hace honor a su nombre y se lanza a la playa a encontrarse con una tradición de cuyos orígenes nadie ha sabido darme nunca datos concretos.

Si la actual Roquetas nació y creció a la sombra del viejo Castillo de Santa Ana, cuyas piedras lame la espuma blanca y salada del Mediterráneo, no es desacertado pensar que las Moragas fuesen una reunión de

 


el castillo de Santa Ana al atardecer

pescadores para celebrar la última faena del año compartiendo junto a sus barcas los mejores frutos de un mar tranquilo y apacible.
Como si fuese una noche de San Juan equivocada de mes, perdida entre las hojas del calendario, los roqueteros cierran las puertas de sus casas, abandonan el centro, que queda extrañamente silencioso, y trasladan la vida del pueblo a la playa.
La jornada empieza muy temprano: hay que madrugar para llegar a la Lonja a tiempo... la pesquera de la noche anterior es insuficiente para abastecer la demanda de este día.

Los más afortunados se llevarán un par de cajas de sardinas plateadas, otros tirarán de los besugos, las bogas, los jureles...

...y el pescado que no falte

los más rezagados tendrán que conformarse con algún restillo o mirarán en Almería a ver si consiguen algo que haya llegado de la zona de levante... El resto de la peña ya estará en la playa amontonando los viejos palés rescatados de las obras con los que alimentarán las hogueras que han de durar hasta la noche. Antes no había problema con el fuego... el levante se encargaba de arrastrar hasta la costa algas y maderos que el sol secaba lo suficiente para que ardiesen sin dificultad. Ahora las palas del Ayuntamiento limpian a diario la arena... y con los primeros rayos de sol la playa parece una alfombra de oro; de manera que quien quiera leña ha de buscársela por sus medios.
A media mañana se elevan las primeras columnas de humo y un profundo olor a pescado asado se entremezcla con el de morcillas, chuletas, pinchitos...
Todo lo que pueda ser comido tiene cabida en este heterodoxo menú. No pueden faltar los tomates de la tierra, abiertos con sal, ni las socorridas naranjas con las que tranquilizar la conciencia..."¿Una naranjita pa que baje la grasa?"

 


Un buen cubo de sangría puede completarse con fresca cerveza, fantas y cocacolas para los más menudos, buen vino de la Contraviesa... y alguna que otra "delicatesse": (El año pasado me dieron a probar uno de los mejores orujos que he trasegado nunca).

...acompañado por un buen vino de la Contraviesa

La fiesta es para vivirla en cualesquiera de los corros, en familia, con una peña de amigos, con los compañeros de trabajo, con los vecinos del barrio... Pero si eres forastero, turista, visitante esporádico... o, simplemente, no has quedado con tu gente en un sitio fijo y andas recorriendo la playa a ver si hay suerte y das con ellos... pronto dejarás de estar solo. Desde cualquier grupo alguien se acercará a ti con un vaso de sangría o una bota en la mano; beberás con ellos, te enseñarán a comer pescado..."¡A la mujer y a la sardina... el primer "bocao"...a la barriga!" ; te sentarás un rato junto al fuego para hablar de cualquier cosa o cantar una coplilla, y luego, perdida la vergüenza, ganada la confianza, te dejarás tiznar la cara con los tizones -ya perteneces al grupo- y reemprenderás la marcha hasta que desde cualquier otro corro alguien se acerque a ti con un vaso en la mano.
Así hasta que el sol comience a teñir de rojo la banca torre de la iglesia y a lo lejos empiece a hacer guiños el faro del Sabinal. Y cuando la noche caiga sobre la playa y toda la costa sea un rosario encendido de hogueras, comenzará el baile en la explanada de La Romanilla. Baile con "conjunto y vocalista", a la vieja usanza. Si para entonces ves que, "con tanta música", todo empieza a darte vueltas... siempre habrá un amigo que te acerque hasta la orilla para que puedas refrescarte la cara hasta quedarte como nuevo.

Al día siguiente, con los primeros rayos del sol, las palas del Ayuntamiento despertarán a los más rezagados... y la playa volverá a ser una hermosa alfombra de arena recién barrida.

 


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