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        La muerte del toro de lidia

por Dr. Enrique Rubio García   17473erg@comb.es

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Desde que comencé a interesarme por el tema, me sorprendió no encontrar una adecuada descripción sobre la muerte del toro de lidia, o, por lo menos, no figuraba en los manuales que consulté. Y, desde luego, a los toreros a los que he preguntado, no solo no saben, sino que les da horror hablar de este punto. Como cirujano, este desconocimiento ha despertado mi interés para exponer, aunque sea de manera breve, algunos de sus detalles.

Torero dando un lance

Para matar un toro en la plaza se necesita de una alta técnica, por las dificultades anatómicas que entraña penetrar con la espada en la caja torácica y romper uno de los grandes vasos que transporta la sangre que mantiene vivo al animal. Es por ello necesario, conseguir que el animal adopte una postura rígida que permita la entrada del acero. Si esto no se consigue, la espada chocará irremisiblemente con el hueso o penetrará en los músculos subcostales, y el toro permanecerá en la plaza hasta que sea enviado a los corrales

Cuando el toro está en reposo, y no se le molesta, es un animal tranquilo que mantiene el cuello en flexión debido al peso de su cabeza y a la marcada inclinación de su columna cervical (lordosis), que le hacen adoptar muy frecuentemente esta postura. “El Gallo” decía de él: “es irrepetible y misterioso”, y describía el momento de la verdad:"Manos bajas, la cruz a la vista y, al fondo, la penca del rabo".

Pero cuando el entorno le es hostil, cuando su pituitaria huele aromas de desafío, se enerva, se contraen sus potentes músculos cervicales, y el morrillo -antes imperceptible- se eleva como una potente montaña donde la cruz queda escondida. Es la estampa del estado de alerta, de un animal enormemente sensible al desafío.

El tiempo que va de su paz a su más profunda irritación, es inapreciable, quizás debido a la
amplia conexión de su lóbulo temporal con el resto de su cerebro. Esta postura no puede ser largamente mantenida por las condiciones anatómicas antes descritas, y tiende, repetidas veces, a bajar la cabeza y mirar al suelo.

Su agresividad es inespecífica, sólo respeta a los otros toros que están más relacionados con él y, a veces, ni siquiera eso.


El picador produce enormes lesiones

Yo he visto en varias ocasiones, en las maniobras de encajonamiento, ataques de unos animales a otros, que en repetidas veces han sido mortales. Siempre como consecuencia de una cornada dirigida inteligentemente a regiones vitales. En la plaza de toros de La Maestranza de Barcelona, José, el cuidador, se deshace en esfuerzos para evitar que se mezclen los toros y descarguen su incontenible agresividad entre ellos.

Mi amigo el Dr. Gallo, veterinario durante años de la Plaza de Barcelona, de entre los casi cien toros que a veces pasan por los chiqueros de esta plaza, es capaz de pronosticar su comportamiento en el ruedo basándose en la conducta del animal durante su estancia en los corrales. El toro inquieto, hipermóvil, desafiante, que cornea todo lo que ve, es decir el toro "neurótico", es un mal toro en la plaza. Por el contrario, el toro semiquieto, de cierta docilidad que se encajona con orden, va a tener un comportamiento, fiero, noble y va a morir como los héroes, calladamente.

La suerte de varas, como se aplica en nuestros tiempos, es terrible. La súbita detención de la embestida por el peto del caballo, que posiblemente se comporta como un muro, trasmite al cráneo, a la columna cervical y, a su cerebro y medula, la energía del choque que produce un peso de 800 Kg. a una velocidad de 40 Km por hora.

El destrozo de la puya es lo más dramático. Una copiosa hemorragia, de no menos de 10 litros de sangre, se produce durante este tercio, acompañada de unos enormes destrozos de músculos y partes blandas. Sólo es explicable que el toro siga vivo y con bravura, por la síntesis de sustancias analgésicas (las llamadas endorfinas , o morfinas internas) que deben ir paralelas a la producción de una enorme cantidad de adrenalina que necesita para mantener su agresividad. La adrenalina producida por el toro es tan abundante, que cuando he manipulado sus restos, el olor a adrenalina en las manos me ha durado varios días.

Esta expresión de su desafío, que es la extensión del cuello y su

 


elevación del plano del suelo, se va venciendo con el cansancio, las lesiones de la puya y con el buen hacer del maestro que lo humilla una y otra vez para irlo enseñando a bajar el hocico.

La suerte final necesita de una flexión del cuello y un acercamiento de las pezuñas delanteras para que la abertura que ha de propiciar la entrada de la espada sea lo más amplia posible. Es el del hoyo de las agujas, donde la columna cervical se une a la dorsal, y cuando el cartílago que prolonga el potente hueso de la escápula se aparta al máximo de la cara externa de su columna vertebral. En estas condiciones se obtiene una abertura de 8 cm de lado por 4 en sentido anteroposterior, camino obligado de la espada que va buscando los grandes vasos. Es la optima e imprescindible abertura. La máxima flexión posible del cuello y la máxima aducción de las pezuñas anteriores Si esta postura no se consigue, el hueso es el destino del estoque.

Los vasos que entran y salen de los pulmones son los receptores del estoque. Cuando es la arteria, el toro caerá pronto, y si es en la vena, lo hará mas lentamente. La estocada lateral, o lateralmente inclinada, perfora el pulmón y desangra al toro lentamente, haciéndole con frecuencia sangrar por la boca. La sangre roja siempre va seguida de una muerte rápida; la azul, lleva aparejada una muerte lenta, poco estética y estertorosa. Rara vez los toreros diestros parten la arteria aorta que surca paralela y a la izquierda, casi bajo la columna, y nunca el corazón que queda anterior y bajo.

Desplante tras la muerte del toro

Así es la muerte del toro. Una suerte, que vista desde el lado del espectáculo, requiere experiencia y bravura por ambas partes, tanto por el torero como por el toro. A veces me pregunto, que si el toro viera como los humanos, si al torero le sería tan fácil darle muerte. Pero ese es otro tema.

Para los aficionados, la muerte del toro de lidia es gloriosa, salvaje y hermosa. Y para acertar la estocada precisa, sólo hace falta, como dicen los toreros: “¡que Dios reparta suerte!”.


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