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por Francisco
Cañabate Reche
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(Para
mi hijo Miguel Ángel, que nos llegó en Noviembre. Nació
con las Leónidas.)
Cada
treinta y seis años una lluvia de estrellas nos sorprende en la
noche y nos extiende un manto luminoso y brillante, un manto que
nos cubre por un instante único y nos evita el frío, un manto
imaginario que nos hace sentirnos nuevamente pequeños, perdidos
en el cielo, (los seres diminutos que finalmente somos), y nos
recuerda un tiempo ya lejano y oscuro (anclado en la memoria)
en que todo era mágico y todo era posible.
Cada
treinta y seis años ilustres
meteoritos desprendidos de la cola de un astro caprichoso y
lejano llegan hasta nosotros para cumplir su cita, y lo hacen puntualmente, con exactitud cósmica. (Ellos
tal vez no saben que nosotros los vemos).
Cada
treinta y seis años suceden la Leónidas: un fenómeno loco y
ciego y sorprendente. Unas horas fugaces, un tiempo entre paréntesis,
una oportunidad inesperada para seguir pensando (¿y por qué no
pensarlo?) que aún existen las Hadas y que a pesar de todo la vida continúa.
Y
ocurrió aquella noche y por eso lo cuento.
Vinieron las
Leonidas y surcaron el cielo anunciando a su paso, lo mismo que
un heraldo, que aquel niño llegaba cogido de su mano.
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Subimos
al tejado porque las esperábamos (las anunciaron antes los que
todo lo saben), y se quedó la madre con el vientre preñado,
cargado de esperanza, descansando en la casa. Los dos niños y
yo estábamos dispuestos a bebernos el cielo, a no dejar pasar
ni uno solo de los múltiples trozos de aquellos meteoritos que
formaban señales dibujando en el aire sus diagramas de fuego.
Llevábamos
las mantas y también los bolsillos repletos de ilusiones, y
arropados por ellas elegimos sentarnos para observar la noche. Yo señalaba Venus y contaba los
cuentos de la luna lunera, y los dos se reían, y la noche era
clara, y el firmamento
oscuro nos guiñaba sus ojos infinitos y ciertos, y pasaban las
horas. Pero el tiempo no espera, y tras la diversión llego el
aburrimiento. Nos habitaba el frío y hasta la incertidumbre, y
luego la impaciencia: la mía y la de los niños, porque no
sucedía.
El
cielo estaba quieto, imperturbable, eterno, y tal vez las
estrellas nos miraban pensando ¿qué estarán esperando, si ya
ha ocurrido todo mas allá de sus ojos?
El
tiempo de los niños es un tiempo distinto, y no existe el
futuro, ellos no lo conocen porque no es necesario. La vida es
infinita desde su perspectiva, y también instantánea, y
siempre tienen prisa, y todo se produce como en una cascada, y
no cabe la espera. Por eso los dos niños mostraban su
impaciencia, casi su desengaño y ya me preguntaban:
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¿Papá,
por qué no vienen?. ¿Perdieron su camino lo mismo que en el
cuento y no saben volver?. ¿O tal vez son muy tímidas y se
están escondiendo para que no las vean?
El
más pequeño, Paco, se removía en su manta y se estaba
durmiendo, y yo empecé a pensar que no sería esta vez, que debía
regresar, que volvía de vacío, y aunque me resistía (quedaba
la ilusión, que sería defraudada) parecía inevitable.
Virginia, la mayor, leyendo en mi mirada, tiraba de mi manga
mostrándome los ojos de su hermano, cerrados. Entonces sucedió:
Estalló
el firmamento y una lluvia de luces estridentes, de fuegos de
artificio lo surco de repente. Y se despertó el niño y abrió
sus grandes ojos y la niña encantada exclamó su sorpresa y
demostró su gozo, (que eran también los míos).
Bajamos
animados, risueños y locuaces, parlanchines y alegres, contando
maravillas a la madre dormida, algunas inventadas y casi todas
ciertas, como siempre sucede.
Unas
horas después se produjo el milagro que anunciaban los astros y
todos comprendimos: nació un ser diminuto, frágil y misterioso
(la esencia del misterio) y llevaba en sus ojos ese reflejo mágico
de la lluvia de estrellas.
Almería,
abril 1999.
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