Andalucía Abierta a portada

 

Pinceladas navideñas en las Fuentes de Cesna de mi infancia

por Julia Corrales

 

 

 

El marco

Es Fuentes de Cesna una pequeña aldea perdida en la andaluza geografía de un surco de las Subbéticas, en el poniente granadino ya en los límites de la provincia de Córdoba, conforme a la demarcación territorial que configuró el motrileño Javier de Burgos en 1883, con la que se cargó los antiguos reinos andaluces.

Se encuentra recostada al pie de un tajo cortante de la Sierra del Alcornocal, en el inicio del declive paulatino del terreno que se va suavizando hasta el cauce del Genil, al fondo, accidente que es aprovechado para el cultivo de hortalizas y frutales, en un mosaico de paratas multiformes irrigadas por acequias y canalillos.

Atalaya del Genil, prolífica en manantiales, la circunda una aureola de olivares, moteados de cortijos blancos

-Blanco y verde
verde y blanco-

que se pierden entre las lomas cuya simetría es rota, de vez en cuando, por la aparición de una franja de matices grisáceos de terreno acá, una extensión rojiza u ocre amarillento más allá, con salpicaduras de encinas o pitorros atrapados entre rocas. A veces son los juncos, los chopos o los álamos los que anuncian alguno que otro prado, como La Dehesilla, Las Ramiras o El Carrizal.
Tiene una peculiar estructura urbana este pueblecito. Visto en su conjunto, desde lejos, presenta el aspecto de un singular "Belén", con sus casitas blanquísimas esparcidas por el terreno, como si con una honda las hubieran catapultado, rodeadas de manchas verdes: árboles, arbustos ornamentales, parras, pitas y chumberas en las zonas más altas pegando al tajo. Alguna aparece enseñoreándose, edificada sobre una peña desprendida del tajo en algún cataclismo de otra época, remedando a las alcazabas de los pueblos de la zona sobre lo más alto de sus oteros, vigías perpetuos del tiempo. Si penetramos en el interior de las mismas, comprobamos que conservan el "toque" de las características de la vivienda de la era andalusí.

Los cortijos, junto con el mencionado núcleo "urbano", son los protagonistas del entorno.

De ellos parten y a ellos llegan, en apretada urdimbre, veredas y caminos que serpentean por montículos, collados y pequeños valles, recorridos al alba y al crepúsculo vespertino de los días, en cualquier estación del año, por los jornaleros y jornaleras del pueblo -los niños según época- antes del inicio de la briega y al final de la misma. Unos caminos hollados tantas veces, entre la partida y el regreso al hogar, en medio de la belleza de un paisaje de singular tejido del que, a esas horas, emana el silencio que genera la grandiosidad, cuando la Naturaleza emite el primer bostezo mañanero o empieza a dormitar tras la escapada del sol a otros mundos. Silencio acompañado, en ocasiones, por el aleteo del vuelo de las perdices, el frenesí de las crines y los cascos de un caballo al galopar, el soplo del cierzo en los cerros o el cantar que rompe el mutismo de la garganta del jornalero, acompasado por el crujir del barro o de la corteza seca del sendero, al estremecimiento del contacto con las pisadas.

Desde las cimas de algún cerro, vestigios de centinelas pétreos velando el sueño de siglos, recuerdan al caminante que este contorno formó parte de la frontera del Reino Nasrí.

Hoy, cuando un siglo toca a su fin a la vez que cierra la puerta de un milenio, quiero colarme por la rendija que todavía se mantiene abierta y regresar, por el túnel del tiempo, para rememorar la Navidad de la época de mi niñez, en este trozo del agro de la Andalucía profunda, en el que mis ojos se abrieron a la luz de esta tierra bendita y en el que se desarrolló mi infancia y mi juventud. Un trocico andaluz en el que, por cierto, también tuvo lugar el encuentro del Director de esta revista, todavía muy niño, con el mundo del campesinado andaluz y su cultura milenaria. Y es inevitable, como dice Luís Landero, que al construir el reino perdido de la infancia, tanto a él como a mí, la memoria nos devuelva la tierra, -una tierra depositaria de nuestra identidad vital- en clave poética.

Las fiestas

Se aproxima la Pascua. El Otoño ya ha cruzado su Rubicón y las caballerías -los mulos de los menos, los burros de los más- acarrean sus últimos frutos, durante los bellos atardeceres, bajo las frondas doradas del Barranco del Molino, en su ascensión desde Cesna. Cuando los arreboles irradian desde el Cerro de las Carboneras y el de las Pasas, un impulso me empuja a la ventana para verlas cruzar, con su paso cansino que armoniza el tintineo de campanillas y cascabeles colgadas de la jáquima, mientras el perro enverea (meter por vereda) a la cabra díscola que se queda atrás.

Junto al itinerario de las caballerías bajo mi ventana, en un desnivel de unos diez o doce metros, María "Pringues" alienta con el soplillo de esparto, en la puerta de su casa, el brasero de picón que ha de caldear el hogar durante la velada, mientras va convocando a su prole:

- ¡Casimiraaa, venga que es hora de arrecogerse! Llama a tus hermanos. Ese niño, mujer, ¡que lo va a pillar una bestia!

Y Casimira, aprovecha los últimos saltos de la comba, con las niñas del "Peinao", retardando cuanto le es posible el requerimiento de su madre.

 

 

El nido de golondrinas, bajo el alero del tejado, hace tiempo que está vacío. Mamamá, (mi bisabuela) dice que se han ido a Africa porque llega el invierno y estos pájaros no resisten el frío. Y añade: "Allí también se fue el Niño Jesús huyendo, pero no del frío, sino de Herodes". Y nos cuenta la historia.

Mamamá nos tiene preparada una sorpresa. En el pajar de Juan Triniá hace días que sufre el proceso de remojo, en agua y ceniza, el pellejo de la mejor pieza cobrada en la última cacería, destinado a dar vida a la que sería nuestra primera zambomba. Un barreño amplio queda convertido en tenería, mientras que un revuelo de manos infantiles se aprestan a hacer de instrumentos, desprendiendo la pelambrera del mismo.

La tomiza que lo sujetará al atanor es de pita y la ha confeccionado el nieto de Frasquita "Chaparra", alumno de mi madre. Los carrizos nos los trajo Antoñillo el del Carrizal.

Ya está lista. Ahora a refregarle el ajo para que al secar quede bien tensa y retumbe mejor. Las zambombas de los más pequeños se hacen con las vejigas de los cerdos de las matanzas en los jarrillos de latón.

Es en las reuniones festivas que celebran las mozuelas en las vísperas de Navidad, y durante la misma - cada día en casa distinta - y en "los aguilandos", cuando la zambomba cobra su verdadero protagonismo.

- Esta noche hay zambomba en la Frasquita Topilla - nos decía nuestra amiga Josefa del Cuerpo.

- Acá vamos. Mu´h deja mi papa.

Nosotras lo teníamos más difícil. En alguna ocasión, ya más grandecillas, mi madre accedió a que asistiéramos, por un rato, en la casa de la vecina.

Todo el mundo se había ataviado lo mejor posible. El delantal de la madre recrujía de limpio, puesto a punto en la Fuenteenmedio con grea, a falta de la chinilla de jabón necesaria para escamondarlo.

Cada cual aportaba su instrumento: a más de la zambomba - el principal por antonomasia - almirez, botella de superficie rugosa, chinchines, palillos (castañuelas), pandereta, sonajas, carrañacas con chapitas de latón... y, en alguna ocasión, hasta se podía contar con la guitarra de un aprendiz, de oído, y su acompañamiento de "zorras al mechón".

El calorcillo empieza a notarse. Las llamas devoran los troncos en la chimenea, mientras que el humo campa por sus respetos, dejando las huellas de sus lametones, en el fondo del h´umero que hace unos minutos aparecía como un rosquete encaretado.

Las mejillas de las muchachas no tardan en tornarse rubíes refulgentes, réplica de las ascuas incandescentes desprendidas de los troncos en ignición, que las arrebolan, o manifestación elocuente de ese otro fuego interior, activado por el efecto de una mirada furtiva.

Rompe el jolgorio:

Cantemos a lo divino,
a lo divino y humano,
que la misa se celebra
con el cáliz en la mano.

Casi siempre se empezaba con este canto, exponente de cómo el saber popular tiene en cuenta dos de las facetas o coordenadas de las eternas preguntas del ser humano en el devenir de su existencia: el aquí y ahora y el adónde voy, inabarcable. Y que el andaluz, a mi juicio, ha plasmado en un sincretismo desde los albores de su historia. Por otra parte eleva lo humano a la altura de lo divino, como queriendo deshacerse de la opresión que, en determinadas épocas históricas, un aspecto sometió al otro relegándolo a la situación de menosprecio y considerándolo pecaminoso e indigno.

Lo "humano", en esta cuarteta, se traduce por lo "llano" en el lenguaje coloquial:  

-Ahora vamos a cantar a lo "llano", expresión que debe interpretarse como "profano" Fue bajo esta acepción, y aquí, cuando escuché por primera vez una letra que en el flamenco está muy extendida y que, con la música de "a lo llano", cobra un sabor antiquísimo. Yo le encuentro reminiscencias de la música andalusí que hoy conozco.

Dueño mío.
Si supiera dueño mío
que el sol que sale te ofende, peleara,
Con el sol me peleara
y hasta le diera la muerte.

Otras letras, de tipo picaresco, saltaban una vez que otra de alguna garganta a manera de estribillo, en este "a lo llano", que salpimentaba estas veladas auspiciadas por las fiestas navideñas. No me resisto a dejar de consignar aquí el Romance a "lo divino", cuya música tampoco he escuchado grabada en ninguna parte. Tiene un compás de tres por cuatro y dice:

La Virgen y San José
hacia Belén caminaban
con la nieve a la rodilla,
de nueve meses preñada.
Ya llegaron a Belén,
cuando el sol se trasponía,
y entre amigos y parientes
nadie los arrecogía.
San José dice a su esposa:
- Esposa del alma mía,
con tanta nieve y escarcha estarás muy arrecía.
Con tanta nieve y escarcha,
que no las derrite el sol,
y San José con su esposa
en la puerta del mesón.
- Abre, mesonero, abre.
Abre si puedes abrir,
que traigo aquí una doncella
que viene para parir.
- ¿Doncella y preñada, amigo?
¡Vaya al mesón de La estrella, que no recojo en mi casa
gente de mala vivienda.
- Luego te arrepentirás
de no habernos recogido
así que oigas las voces
que un Niño-Dios ha nacido.
Niño de Dios que naciste
en Belén en un portal,
a celebrarlo ha venido
la grandeza celestial.
Esta celestial grandeza
de serafines gloriosos,
cantan a la Virgen pura
celebran al Niño hermoso.
Al niño hermoso celebran
los pastores de aquel valle,
con humildes reverencias
vamos todos a adorarle.
A adorarle vamos todos
con contento y alegría
que la que parió el Cordero
era la virgen María.
¡Viva la Virgen María!,
la que parió en el Portal,
y también viva su Hijo,
que la gloria nos dará

 



Estas cuartetas se interrumpían cambiando de ritmo, con estribillos variados tales como Niño chiquitito / hermoso clavel / que con tanto frío / quisiste nacer, u otros de tipo profano como, No me lo descolmes / échamelo lleno / porque a mí me gusta / lo que me está güeno, (referido al vaso de vino). O aquel otro: O´hté que lo vido / o´hté que lo vió / ¿por qué callejuela / traspuso mi amor?

Por supuesto que, en los descansos, los mantecaos, las gachas de higos, la copa de aguardiente (Ya no puedo cantar más / porque me duele este diente / porque no veo venir / la copa del aguardiente), la batata asada o cocida, (no podemos perder de vista que en esta época, en las familias jornaleras, ya era un milagro que se pudiera contar con esto) calentaban el estómago para que pudiera seguir aportando energías al canto.

polvorones

La elaboración de los "mantecaos" es otro de los hitos de las vísperas navideñas. Amasados y trabados en un gran lebrillo de Fajalauza (cerámica granadina), o en la artesa, según casos, constituyen otro de los momentos más deseados. Los niños revoletean como moscas en torno a los mayores que, con las mangas remangadas por encima del codo, mueven y remueven, trasnan y trasnan, hundiendo los puños una y otra vez en la masa, hasta que queda a punto. La chiquillería está alerta a cualquier respiro para sustraer pegotitos, cuyo exceso produjo -en más de uno- un buen empacho antes de que el horno, ya mantecaos, los devolviera en condiciones de consumir.

Nadie quiere perderse el traslado a la tahona. Es emocionante ver aquellas tablas enormes, posando equilibradas sobre el roete colocado en la cabeza de las madres, para amortiguar su impacto y el de la preciada carga. Y más si había barro y existía el peligro de que un resbalón la enviara a pique.

Y el olor. El aromático olorcillo que desprendía el horno gigantesco, caldeado con leña de encina, primero, y el que emanaba durante la cocción. De tal manera quedó impregnado en el nervio olfativo que, al llegar esta época, cualquier olor a repostería queda subordinado al de los mantecados de la Navidad de Fuentes. La relevancia de este dulce navideño, en la cultura gastronómica de la zona, se pone de manifiesto en los cantos de los aguilanderos: Ya no puedo cantar más / porque me duele este lao, / porque no veo venir / el plato de "almantecaos".

Los "aguilandos", a partir de la Nochebuena, tenían en esta época dos significados: uno, la continuidad de una tradición desde tiempos ignotos en la que se pone de manifiesto el sentido de compartir la alegría de la fiesta, en este intercambio de lo que cada uno ha preparado, de unas casas a otras, y otro, el más significativo en los años a los que me estoy refiriendo, el poder surtir la alacena, que tiritaba de inanición, para enterarse de que habían llegado las Pascuas.

Las pandas de aguilanderos se multiplicaban hasta cansar a los "festejados". Así cantaban en la Plaza, la Adela, su marido el "Cinco" y el resto de la panda, todos mayores, cuya zambomba monumental encandilaba a los más pequeños, al regreso de la ronda de una Nochebuena:

Frasco Arcario mu´h dio un duro,
la Fulgencia, una peseta,

y el "Burrero" fue más duro
que no mu´h abrió la puerta.

Los airosos penachos de humo, escapados del paisaje de chimeneas asimétricas, se habían ido mimetizando con la neblina que, en esta noche gélida, sube del Genil quedando recostada a ras de tierra. En la calle, el relente hiela. La brasa yace, prolongando sus efectos, en el cisco incandescente del brasero, bajo las enaguas de la mesa camilla y nosotras, escuchamos un cuento, narrado por mi madre, esforzándonos por no dar cabezadas, mientras esperamos el paso de los aguilanderos.

Un nerviosismo inenarrable me bulle por dentro, cuando percibo los pasos sigilosos por la cuestecilla que separa mi casa del camino que une unas con otras. En la terracilla que hace de zaguán irrumpen, de golpe, las voces roncas de los mayores, curtidas como sus caras y manos, y las frescas y cantarinas de las jóvenes que van tomando el testigo.

El aguilando te pido
dámelo con ligereza,
que está cayendo la helá
y me duele la cabeza.  

Una segunda letra:

¿De quién es´ta casa grande
con estas torres tan altas?
Será de Isabel Ramírez,
Dios le dé mu güenas Pascuas.

Mi madre ha echado la última firma en el brasero, tras habernos dejado en la cama, absorta quién sabe en qué pensamientos, inmersa en su soledad.

Los ecos de la zambomba, retumbando en el tajo, se pierden bajo los guiños de las estrellas en la noche de Diciembre fría, mientras que en las mochilas de los aguilanderos crece el calorcillo que proporciona el aumento de las viandas. Yo, arrebujada bajo la cobija invernal con una botella de agua caliente a los pies, me voy perdiendo en un mar de cantos y emociones por los caminos que conducen al Belén de mi fantasía infantil.

Hoy, la memoria me devuelve en sincretismo éste paisaje y ésta cultura llenos de alegría, pero también de historia y dolor.

 


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