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¿Qué cantan los poetas andaluces... de mañana?

por Juan José Ruiz Plaza



La otra tarde me encontré de nuevo con mi antiguo maestro.

Han pasado muchos años, más de cuarenta, desde que dejé aquella vieja escuela en la que don Rafael, con un inmenso cariño disfrazado de palmeta y coscorrón, fue encendiendo en mi corazón de niño la ilusión de ser algún día maestro, como él.

Lo vi tan joven y decidido como siempre, en tanto que yo me siento cada vez más inseguro y cansado. Es como si estos ocho largos lustros sólo hubieran pasado por mi.

Hablamos de mil cosas hasta que surgió, inevitable, el tema de la escuela: "Los niños de hoy, con tanta tele y tanto ordenador han perdido la creatividad. No saben expresarse. Ya no quieren saber nada de poesía".
Aunque no estaba de acuerdo con él, yo asentía respetuoso con la cabeza mientras apurábamos los últimos sorbos de café,

Confieso que hubo un tiempo, no hace mucho, en el que yo también llegué a pensar así.
¿Qué pasa con nuestros niños? ¿Dónde han escondido esa sensibilidad, esa dulzura, ese amor por lo bello?

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¿Por qué te pueden recitar en un inglés casi perfecto los nombres de 20 videojuegos o las letras del último CD de "Kojines dekapitaos", pero se quedan bloqueados si les pides que te describan el color del mar cuando el sol se esconde tras una nube? ¿Por qué me miraban como a un bicho raro cuando les decía en clase que íbamos a aprender una poesía?

Alguien me dijo una vez -posiblemente mi maestro- que lo que no se ejercita, se atrofia, y que la función crea el órgano; pero a un servidor, al que siempre le ha tirado más el arte que la ciencia, todo aquello le sonaba a chino.

Para mí la función era una bella representación dramática sobre un escenario iluminado, y el órgano una enigmática sucesión de teclas blancas y negras ascendiendo al cielo entre una nube de incienso.

Lo que mi querido don Rafael no consiguió hacerme entender entonces, lo vine a descubrir escuchando un día a Alberto Cortez:

"Quien oye cantar al viento,
del viento aprende a cantar"

Ahí estaba la clave: ¿Cómo podía esperar yo del niño una respuesta poética dentro de un clima tecnificado, curriculado, cientificado, milimetrado... ?

Bastaría pues con crear en la Escuela el ambiente propicio para que, como en el País de San Jamás,

"el cuento se haga historia,
la conversación, poesía
y la leyenda, ley."

Cuando hace unos años me presenté ante mis alumnos de 7º de EGB y les dije que les tenía preparado un regalo, algunos abrieron desmesuradamente los ojos esperando descubrir algún extraño paquete en mi cartera. Yo, saqué un folio y les leí este poemilla:

Canción tonta para despertar a treinta fantasmas dormidos

Mi clase está llena
de horribles fantasmas.
Son seres extraños
con cara de niño,
con brazos y manos
y pies... y pelillos
sobre sus cabezas
de duro ladrillo.
A mi me dan miedo,
pues parecen niños
pero son ¡FANTASMAS!
horribles fantasmas
que comen "foskitos"
y esas cosas raras
-como gusanitos
puestos al revés
-que vienen en bolsas
y huelen a pies.
Mi clase está llena
de horribles fantasmas
que salen al patio
y, sin compasión,
le pegan patadas
a un pobre balón.
Y luego se meten
de nuevo en el aula
y parecen grillos
dentro de una jaula:
hablan fuerte, chillan,
sudan, gritan...
- ¡Bastaaaa!
gritan, sudan, chillan,
se empujan, me enfadan,
se quitan el libro,
no estudian...
- ¡Caramba!
¡Ya estoy hasta el moño
de tanto fantasma!
Me miran, se ríen...
piensan que estoy loco...
- ¡Al pobre maestro
se le ha roto el coco!
A mí se me pone
carne de gallina,
me queman la sangre
como gasolina
y siento cosquillas
como si tuviera
dentro del ombligo
más de cien hormigas.
Mí clase está llena
de horribles fantasmas ...
Pero son fantasmas
con piel de algodón,
con ojos de estrellas,
con risas de sol.
Fantasmas que juegan
a hacerse mayor,
fantasmas que viven
llenos de ilusión
sus años de escuela,
su tiempo mejor.
Fantasmas que son
razón de mi vida;
fantasmas que quiero
con el corazón.
Fantasmas amigos...
¿volveréis mañana
a jugar conmigo?

Lo aceptaron muy bien, se rieron, lo copiaron... Era para ellos, hablaba de ellos... Habíamos roto el muro: "Si el «Profe» ha escrito esto para vosotros... ahora os toca a vosotros escribir algo para mí."

 


Y aquí tenéis una muestra de su respuesta. Está recogida a lo largo de todo un Curso. Algunos son textos completos y otros, la mayoría, pequeños fragmentos, retazos escogidos de sus composiciones diarias. Los hay que responden a un tema propuesto por mí, otros son simples ejercicios libres de aplicación de lo estudiado en clase.

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Son una muestra de su mundo de preadolescentes; con pinceladas dulces e infantiles, como El reloj de Elisabel o La bailarina de Pepita; soñadoramente rebeldes como la paloma de Marieli; llenos de color como el jardín de Delia; profundamente tiernos como el ruego de Alfonsa; ricos en imágenes, como los fragmentos de Antonio Luis, Miguel Angel, Jesús y José Enrique, o mordaces, como esa despedida al curso con la que Ana Belén clavó una aguda chincheta en mi amor propio.

Confieso que, mientras hacía esta selección entre las carpetas que guardo en casa, me he sentido feliz y esperanzado. Esto es lo que cantan ahora los poetas andaluces de mañana.

La próxima vez que me encuentre con mi querido maestro ya tengo argumentos para demostrarle que está equivocado, que el fuego incruento de la poesía arde con fuerza en el corazón de nuestros niños... y entonces le tocará a él pagarme el café.

La bailarina  (Pepita Rabal)

En una repisa,
aislada,
siempre olvidada
mi bailarina.
Allí sentada
siempre llorando,
sigue esperando
la bailarina
del blanco tul
que llegue pronto
el príncipe azul.
  

El reloj de abanico  (Elisabel)

Tengo un reloj de abanico
adornando la pared.
El reloj me da la una,
me da las dos y las tres.
De hora en hora, una flor
y un vuelo de mariposa
girando a su alrededor.

 

... El florero de mi cuarto
es un pequeño jardín
que ha crecido entre los muebles.        
     (José Enrique)

... El Sol, como un gran pastor,
va guiando por el cielo
sus ovejas de algodón.
     (Miguel Angel)


... Vuela en el jardín pequeño,
junto a la fuente y la rosa,
el dulce beso de un sueño
y una bella mariposa
presumiendo.
     (Delia)

... El Sol es un caldero
lleno de fuego.
     (Jesús Cruz)

Si yo fuese una paloma,
una de esas blancas y suaves palomas que llegan hasta el patio de mi escuela,
nadie tendría que decirme
lo que debo hacer y lo que no.
Podría volar libre sobre los tejados
y jugar al escondite
con el humo negro de las chimeneas
     (Marieli)

Madre, sólo quiero una cosa
una cosa únicamente:
que me hagas un nido
de algodón junto a tu pecho
para que pueda acudir a él
cuando me sienta
un gorrioncillo asustado.
Madre, sólo quiero una cosa
una cosa únicamente:
que cuando venga a rondarme
el fantasma negro de los miedos
pueda sentirle a mi lado.
Quiero que, en Ias sombras de mi noche,
brilles tú como una estrella.
Eso quiero, madre;
una cosa, únicamente.
     (Alfonsa)

... Era demasiado tarde para volver:
los árboles parecían fantasmas
de madera
escondiéndome el camino
entre tinieblas.
     (Antonio Luis)

Se acaba el curso  (Ana Belén)

Se acaba el curso
¡Qué bien!
Los libros no cogeremos,
no pensaremos,
¡Qué bien!
Nos bañaremos,
no estudiaremos.
¡Qué bien!
Se acaba el curso,
i Uf..! ¡Qué bien!


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