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La otra tarde me encontré de nuevo con mi antiguo maestro. Han pasado muchos años, más de cuarenta, desde que dejé aquella vieja escuela en la que don Rafael, con un inmenso cariño disfrazado de palmeta y coscorrón, fue encendiendo en mi corazón de niño la ilusión de ser algún día maestro, como él. Lo vi tan joven y decidido como siempre, en tanto que yo me siento cada vez más inseguro y cansado. Es como si estos ocho largos lustros sólo hubieran pasado por mi. Hablamos de mil cosas hasta que surgió, inevitable, el tema de la escuela: "Los
niños de hoy, con tanta tele y tanto ordenador han perdido la creatividad. No saben
expresarse. Ya no quieren saber nada de poesía". Confieso que hubo un tiempo, no hace mucho, en el que yo también llegué a pensar
así.
¿Por qué te pueden recitar en un inglés casi perfecto los nombres de 20 videojuegos o las letras del último CD de "Kojines dekapitaos", pero se quedan bloqueados si les pides que te describan el color del mar cuando el sol se esconde tras una nube? ¿Por qué me miraban como a un bicho raro cuando les decía en clase que íbamos a aprender una poesía? Alguien me dijo una vez -posiblemente mi maestro- que lo que no se ejercita, se atrofia, y que la función crea el órgano; pero a un servidor, al que siempre le ha tirado más el arte que la ciencia, todo aquello le sonaba a chino. Para mí la función era una bella representación dramática sobre un escenario iluminado, y el órgano una enigmática sucesión de teclas blancas y negras ascendiendo al cielo entre una nube de incienso. Lo que mi querido don Rafael no consiguió hacerme entender entonces, lo vine a descubrir escuchando un día a Alberto Cortez:
Ahí estaba la clave: ¿Cómo podía esperar yo del niño una respuesta poética dentro de un clima tecnificado, curriculado, cientificado, milimetrado... ? Bastaría pues con crear en la Escuela el ambiente propicio para que, como en el País de San Jamás,
Cuando hace unos años me presenté ante mis alumnos de 7º de EGB y les dije que les tenía preparado un regalo, algunos abrieron desmesuradamente los ojos esperando descubrir algún extraño paquete en mi cartera. Yo, saqué un folio y les leí este poemilla: Canción tonta para despertar a treinta fantasmas dormidos
Lo aceptaron muy bien, se rieron, lo copiaron... Era para ellos, hablaba de ellos... Habíamos roto el muro: "Si el «Profe» ha escrito esto para vosotros... ahora os toca a vosotros escribir algo para mí." |
Y aquí tenéis una muestra de su respuesta. Está recogida a lo largo de todo un Curso. Algunos son textos completos y otros, la mayoría, pequeños fragmentos, retazos escogidos de sus composiciones diarias. Los hay que responden a un tema propuesto por mí, otros son simples ejercicios libres de aplicación de lo estudiado en clase.
Son una muestra de su mundo de preadolescentes; con pinceladas dulces e infantiles, como El reloj de Elisabel o La bailarina de Pepita; soñadoramente rebeldes como la paloma de Marieli; llenos de color como el jardín de Delia; profundamente tiernos como el ruego de Alfonsa; ricos en imágenes, como los fragmentos de Antonio Luis, Miguel Angel, Jesús y José Enrique, o mordaces, como esa despedida al curso con la que Ana Belén clavó una aguda chincheta en mi amor propio. Confieso que, mientras hacía esta selección entre las carpetas que guardo en casa, me he sentido feliz y esperanzado. Esto es lo que cantan ahora los poetas andaluces de mañana. La próxima vez que me encuentre con mi querido maestro ya tengo argumentos para demostrarle que está equivocado, que el fuego incruento de la poesía arde con fuerza en el corazón de nuestros niños... y entonces le tocará a él pagarme el café. La bailarina (Pepita Rabal)
El reloj de abanico (Elisabel)
Se acaba el curso (Ana Belén)
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