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"Que le pongan un crespón a la mezquita, a la torre y sus campanas a la reja y a la cruz.." - Venga, ven a ayudarme a hacer las camas, decía mi madre. La voz salía fuerte, poderosa, llena de sentimiento de la radio aquella que tenía un solo altavoz, mientras, de mala gana hundía yo las manos en los colchones de lana. Había que devolverle a las camas el aspecto liso y plano. Sin hoyos ni protuberancias. Y sacudir con fuerza las sábanas de arriba abajo. Que quedasen no solo tirantes sino libres de cualquier miguita - quien haya comido galletas en la cama sabe a lo que me refiero - o pelo aventurero que, créase o no, podía haber viajado desde la almohada hasta los pies de la cama. "...de luto todos los cantes y las mujeres flamencas, con negras batas de cola. De luto los maestrantes, y la moña deslumbrante de la guitarra española..." ¡Eso si que era hacer las camas! Obligando a las lomas a hundirse y empujando la lana con habilidad, a través del forro del colchón para cubrir los huecos - algunos verdaderas depresiones - que ya no se sabía si eran del colchón o del vencido somier de flejes. Y la radio seguía: "...Que le pongan lazo negro a la giralda, y a la torre de la vela y a la Alhambra de Graná, y también a la bandera roja y gualda y un silencio en los clarines de la fiesta nacional...". Se sacudían las sabanas y se alisaban después con la palma de la mano y también con el dorso , y se tiraba de ellas desde los lados de la cama - " ¡Nene, que se sale por los bordes!" - para remeterlas de manera a que quedasen tirantes como el pellejo de un tambor. Será por eso que ahora, a pesar de que las sábanas traen elásticos en las esquinas para tensarlas, más de una noche me levanto a tientas y estiro la de abajo... que tiene una arruga que fastidia. "...Que lloren los bandoleros en los picachos más altos de la sierra cordobesa, que llore Madrid entero, las majas y los chisperos, los reyes y las princesas..." Se ponían las colchas. De cretona en verano, y de retazos de lana - patchwork del ingenio - en invierno. Eso ya era más fácil. Y también mullir las almohadas. Incluso las almohadas permitían una corta lucha cuerpo a cuerpo, con golpes de un solo lado, con el guerrero del antifaz, o con uno de los enemigos de Roberto Alcázar y Pedrín. Y a enfrentar la siguiente cama mientras otra copla salía de la radio : "Y ahora, en la voz de la emperatriz de la copla, Juanita Reina, de Quintero, León y Quiroga, la bonita canción "Silencio por un torero"... de Carmen para quien ella sabe, esperando que se acuerde de guardarle el secreto..." "...Aquella tarde Sevilla se puso toda amarilla, quebraíta de color, y sobre el aire caliente su voz clamó de repente ¡Ay que pena y que dolor!..." Ya las camas no son las mismas. Colchones firmes rellenos de misteriosos resortes y de materiales sintéticos estudiados para mantener la columna en la posición perfecta - el mío es incluso "super-ortopédico" - tieso, duro: como me lo recetó el médico.
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Porque ahora los médicos se meten hasta en prohibirle a uno el colchón suave y mullido de lana que tenía algo de regazo materno, y la almohada grande y compacta, de lana también y con botones que yo calentaba con mis dedos, uno por uno en un interminable recorrido de arriba abajo, como pasando las cuentas de un rosario. "La almohada pequeña y delgada. Y mejor aún si duermes sin ella". Claro... ¡y después, en las noches en las que cuesta trabajo conciliar el sueño, se descubre uno buscando instintivamente unos botones que la almohada actual no tiene por ningún lado! "... Silencio en Andalucía, rezadle un Ave María, y quitarse los sombreros. Silencio el patio y las fuente que está de cuerpo presente..." Y sin saber en qué momento. Haciendo las camas o los deberes en la mesa de la cocina. O simplemente jugando en el suelo con el tanque aquel de cuerda que tenía orugas y hasta piedras de mechero que al rozar con unas ruedecillas, echaba chispas que parecían salir de las ametralladoras. O simplemente mirando a la radio y cantando a dúo - karaoke de los pobres - con mi hermana, me aprendí todas las coplas que cantaba aquella mujer. Y la Lola, la Carmen, la Marifé y la Piquer. Y dos docenas más de tonadilleras que le pusieron música de fondo a más de una generación. "...Silencio por un minuto, pintad el campo de luto, el ciprés y el olivar. De luto las amapolas, de luto Carmen y Lola, Concha , Pepa y Soledad. Silencio guarda el romero, silencio el torito fiero, y los bravos mayorales. Crespones en las divisas, silencio pide la brisa al pasar por los trigales..." Ahora hay "rock andaluz". ¡Bienvenido! No caeré en la trampa generacional de decir que eso no es música. Sí. Es música. Otra cosa, otra música, que no la mía. Y también hay unas miajas que no han cumplido los diez años que cruzan el escenario en paseos garbosos, con categoría, resuelven la vuelta arrastrando la bata de cola con la gracia de una verónica mecida de Curro, y se colocan en la postura correcta, para, con el chanchan final de la orquesta, volver la cabeza al tiempo que, rodilla en tierra, se quedan de piedra. Como antes. Como siempre. Con la copla. "... Suspira bajo su velo la Virgen la Esperanza y arría en señal de duelo, bandera la Maestranza. Y Sevilla enloquecía repetía a voz en grito : ¿Pa' que quiero mi alegría?..." Se ha muerto Juanita Reina. Y nos deja, a los que peinamos canas, la sensación de que con ella, la Piquer y Lola, se ha ido otra parte de nuestra inocencia. Aquella de hacer las camas, de escuchar la radio, de aprender la tabla de multiplicar, del flit para matar las moscas, del catecismo y de echarle una firmita a la mesa camilla en invierno. Aquella en que la Reina Mercedes cambiaba de color y Alfonsito que estaba a su vera le decía ¿qué tienes, mi amor?. Silencio por una Reina... que en San Gil, la Macarena, vi que lloraba de pena...
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